jueves, 25 de junio de 2026

Gajes del oficio

No es fácil ubicar a mi amigo Karlos. Los coleccionistas suelen desaparecer en los lugares donde otros apenas miran: ferias, galerías, puestos pequeños donde los objetos parecen esperar a alguien que sepa reconocerlos.

La última vez que lo encontré fue en la feria Grau, en Lima. Cuando llegué parecía contento de verme, aunque pensándolo bien, Karlos siempre es así: efusivo con lo inmediato, con lo que tiene delante en ese momento. Había subido un poco de peso y estaba rodeado de algunos amigos. Fue allí donde conocí mejor el mundo de los coleccionables, me explicaban con emoción el valor de algunas piezas, la rareza de otras, las historias que cada objeto trae consigo. En medio de esa conversación, Karlos mencionó algo que hasta ahora recuerdo.

—Lo primero que vas a aprender, Jóse —me dijo— es que aquí no todo es coleccionable.

Karlos siempre pronuncia mi nombre de una manera curiosa, colocando la tilde en la ó: Jóse. Como si al decirlo lo estuviera acomodando también dentro de su orden del mundo.

Se quedó mirando una caja llena de objetos pequeños, como si estuviera revisando una frontera invisible o buscando el adjetivo adecuado

—Por ejemplo los taps. Hay gente que cree que los taps son coleccionables… pero son basura Jóse. Lo dijo con una seguridad y pasión desbordante. No era desprecio, era otra cosa. Era oficio. Cuando alguien que ha pasado años mirando objetos aprende a distinguir lo que tiene valor de lo que simplemente no lo tiene, solo ocupa un espacio. Pensé que esa pequeña frase explicaba más de lo que parecía. Algo parecido ocurre también en otros oficios. En la antropología, por ejemplo, constantemente se están trazando fronteras: qué es tradición, qué es demasiado vanguardista, qué pertenece al campo y qué no. Esa tensión, lejos de ser un problema, mantiene vivo el oficio.

En antropología se ha insistido muchas veces en algo parecido: que comprender un mundo social pasa por observar las distinciones que las personas hacen en su vida cotidiana. No siempre aparecen en grandes discursos; a veces se revelan en gestos pequeños, actitudes minúsculas,  incluso en la manera en que un coleccionista decide que algo es valioso o simplemente es intrascendente.

Karlos, sin proponérselo, me estaba enseñando exactamente eso: a distinguir. Y seguramente algún coleccionista de taps, pensará lo mismo, pero ahora le toca a Karlos. 

Otra cosa que me llamó la atención de él era su manera de tomar un juguete —un coleccionable cualquiera— y empezar a contar su historia. Lo hacía con tal cantidad de detalles que a veces me costaba creerle. Hablaba de la fábrica, del año, de la serie, de las variaciones que tuvo con el tiempo, en la imagen me contó a qué se debían ciertas imperfecciones, el detalle de los colores, que la ese era lo logo original de Superman, lo decía con tanta seguridad y elocuencia que uno terminaba preguntándose si realmente era posible saber tanto sobre la vida, lo dije bien – la vida de un objeto-.

Entonces pensaba cuánto tiempo habría pasado leyendo sobre todo eso. Porque detrás de ese entusiasmo también había algo evidente: lectura, memoria, dedicación. Una forma particular de conocimiento. Quizá era lo que Pierre Bourdieu llamaría un habitus: una forma de conocimiento que se forma lentamente dentro de un oficio, entre lecturas, discusiones y años de experiencia.

A veces también pensaba que el coleccionismo tiene algo de esas obsesiones tan antropológicas por clasificar el mundo que tanto fascinaban a Jorge Luis Borges: decidir qué pertenece y a donde, Karlos y los coleccionistas estaban creando un mundo Borgiano, decidían que quedaba dentro y que fuera de ella.

Había, sin embargo, uno entre ellos que insinuó —con cierta elegancia— que quizá la información también tiene un precio. Sonreí, uno aprende con el tiempo a reconocer esos momentos como gajes del oficio.

La conversación siguió un rato más, pero algo cambió después de ese comentario. Tal vez fue solo una impresión mía. A veces pienso que aquel amigo le insinuó a Karlos que debía cobrar por contar su historia, y que eso lo desanimó un poco. No volví a ver a Karlos, pero nos escribimos, y el mensaje es el mismo, Jóse ahorita te cuento de como inicie en los coleccionables, allá, por 1987. 

En fin. También esos son gajes del oficio.

domingo, 4 de julio de 2021


Perfil de Donovan Olano, Profesor de Educación Física y Entrenador de Artes Marciales.



 

lunes, 28 de junio de 2021

En Moto desde el Distrito de Sina hasta Yanahuaya.

Estreno, no te lo pierdas. 

Moteando Perú.

CONTAMINACIÓN DEL RIO COATA

Tuve la oportunidad de conocer a Felix Suasaca Suasaca, él es dirigente de la Cuenta Unificada del Rio Coata, que hace muchísimo tiene viene siendo contaminada por tres fuentes principalmente, el vertimiento de aguas residuales directamente y sin tratamiento a este rio, relaves mineros de las cabeceras de dicha cuenca, y la actividad minera ilegal. 

Las aguas de este rio contaminado (Coata) desembocan en una de las maravillas del mundo, el lago Titicaca, a sus orillas se encuentra la capital del departamento, Puno, ante este atentado contra la naturaleza, la población puneña no participa activamente en esta problemática ambiental, dejando solos a sus hermanos Coateños.

En torno a este panorama, es que le digo a Felix, si tiene algo para decirle a esta población. 



martes, 2 de enero de 2018

La Chata


Está canción me recuerda a una faceta algo extraña de mi vida. Mi amiga, de metro y medio pero con un atractivo inconmensurable, me elimino del facebook y antes de hacerlo envío un mensaje algo curioso que decía más o menos así: "mi esposo llegó no contestes si te llamo".

Eran las dos de la mañana. Sonó el celular, era ella y no contesté. A los pocos minutos volvió a sonar el celular, era otro el número. Pensé apagar el celular pero la curiosidad me ganó.

-¿Aló?

-Oye imbécil, ¿Estás afanando a mi flaca?

No contesté. Que se le acabe el saldo al huevón pensé, y me quede dormido.

sábado, 6 de mayo de 2017

¡En la Combi!


A Puno lo recorro de extremo a extremo caminando (claro que solo me muevo por el centro y lo más lejos que voy, es a la Universidad del Altiplano), es una ciudad pequeña, desordenada pero pequeña, no me resulta fácil entender la necesidad de tomar un colectivo o combi como aquí le llamamos (porque es lo único que hay). Hoy subí a una de ellas, desperté muy tarde y tenía que alcanzar a mis clases en la Escuela de comunicación no me quedó otra opción. 

Mientras recorro la ciudad, esta vez en combi, sentado en uno de sus minúsculos asientos improvisados, pienso que uno de estos días iré a entrenar, desde enero que no lo hago, entreno Jiu Jitsu Brasileño o mejor dicho entrenaba (y no se si vuelva), lo recuerdo porque las palabras de mis compañeros de entrenamiento retumban en mi cabeza, una suerte de sentencias que aseguran que el Jiu Jitsu es el mejor arte marcial, incluso debatimos largamente el tema con mi buen amigo Karlos M., mientras varias tazas de té piteado desfilaban en uno de los huariques de la ciudad. 

Me pongo a pensar en ellos y en otros compañeros, de otros lugares, de otros colectivos, compañeros de comunicación por ejemplo, piensan que comunicación es lo mejor; años atrás, mis compañeros de antropología creían, o creen aun, que antropología es lo máximo, lo mismo con la música (reggaetón vs rock), de la danza (caporales vs salsa), de la literatura (no voy a mencionar a Coelho porque eso no es literatura), del cine, etc.
¡Es cuestión de gustos!... ¿Cuál es el límite de esta frase? ¿Qué pasaría si me encuentro con un Coelho Lovers? ¿Debo decirle que lo que lee reproduce un narcisismo preocupante? ¿O citando a Quetzal, la voz anónima del canal de YouTube Ovejas Eléctricas: “Coelho debería morir quemado en un lavabo para que muera entre el dolor y el olor a mierda”? ¿O simplemente debo decir, ¡wau que bacán!? Mientras pienso lo mismo sobre el lavabo.

La cuestión es que tengo derecho a decírselo, y cualquiera puede ningunear a mi autor favorito, por ejemplo, si me dicen que Bryce Echenique es plagiador, respirare profundo para no romperle la cara y contestaré pacientemente que, bueno, a mí me gusta, plagie o no; todo el mundo tiene derecho a expresarse y hay que tolerar esa opinión.
Todo esto pienso porque la combi no avanza, debido a la feria de las alasitas, y una vez más me arrepiento de haber subido a esta pequeña combi de feria, porque caminando ya hubiera llegado a mi destino.

martes, 2 de mayo de 2017

Crónica de un noctámbulo

CRÓNICA DE UN NOCTÁMBULO
“Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.”
Miguel Delibes – El Camino.
I.
El minutero del reloj avanza, estrepitoso e imparable, hacia el fin de los escombros de domingo, la noche fría, trae consigo algunos recuerdos que llenan los espacios blancos de esta hoja; llevo buen tiempo frente al computador, escribiendo y borrando (si así fuera la vida, un control zeta bastaría para solucionar todo) frases y oraciones, con una extraña sensación de nostalgia. Escribo al ritmo de “we all together”, uno de los grupos pioneros del rock peruano allá por los setentas, escucho “lo más grande que existe es el amor” una y otra vez sin aburrimiento.
La noche no se detiene, y a mi nada me detendrá pues me he tomado ya cinco tazas de café bien negro. La noche se torna difícil, no se me ocurre nada, miro cada espacio de mi habitación y no encuentro nada, quiero ir a dormir pero no logro conciliar el sueño debido al café que he bebido. Miro el techo de mi habitación echado en mi cama en la oscuridad, la inspiración se ha marchado, hoy no me acompaña, ¡espero que vuelva mañana! me digo a mi mismo, mientras oigo el segundero del reloj que avanza estrepitoso e imparable.

II.
Los primeros rayos de sol invaden mi habitación, la invade también el trinar de los pájaros que juegan dando saltos entre las ramas del viejo ciprés que deja su olor a naturaleza, tengo que dejar de escribir, mi buen amigo el silencio se ha marchado, llevándose consigo la inspiración; no he pegado los ojos en toda la noche y la verdad es que aún no tengo sueño, decido mantenerme despierto durante el día para poder dormir tranquilo esta noche.
Me doy un baño y tomo el desayuno, para salir a las nueve en punto de esta mañana soleada, con dirección a la universidad, hoy tengo que matricularme, sin embargo, a la autoridad universitaria se le dio por cobrarme, simplemente por estudiar una segunda escuela profesional, veinte luquitas por crédito, que harían un total de cuatrocientos ochenta soles, por suerte algunos estudiantes en la misma situación deciden protestar, y exigir obvias consideraciones, son las nueve en punto y cierro la puerta al salir.

III.
Luego de hacer algunas cosas, que no detallaré aquí, y ya el sol cerca del cenit, subo a la combi, avenida el ejército pregunto, y el cobrador contesta de mala gana, ya en la combi, medio vacía, tomo asiento y el sueño comienza a vencerme, el tiempo avanza más rápido entre pestañeos. Miro a través de la ventana de la combi y hay un número reducido de estudiantes en las afueras del edificio universitario, bajo de la combi, cruzo la calle tranquilo, no conozco a nadie, solo vi su rostro que atrajo mi atención, un rostro bello y armonioso que podía distinguir entre la muchedumbre, ella estaba acompañada de otra chica, supongo su compañera, estaban sentadas en el borde de la rejas del edificio universitario, solo la miré, no me decidí a acercarme a entablar una conversación, no pude, pensé una y mil veces, pero no pude, hoy me acompaño la cobardía, no tuve el valor de acercarme y hablarle, sin embargo advertí que circulaba una lista, deduje que todos debíamos de anotarnos y no perdí la oportunidad de saber su nombre, así que tome asiento a unos metros de ella, y esperé a que la lista circulase, cuando llego hacia mí la lista, me aseguré que ella anotara el suyo, conté las personas que me separaban de ella, eran tres, así que hice la cuenta inversa, conté tres hacia arriba de la lista y encontré su nombre Danitza Maritza es el nombre que hasta hoy retumba en mis pensamientos, el nombre de aquella chica que hoy inspira esta croniquilla de nulo valor literario. Dos cosas tengo claras de ese día, el rostro hermoso de aquella chica de nombre con rima y la sensación de que la universidad vaciaría mis bolsillos esa mañana.