Gajes del oficio
No es fácil ubicar a mi amigo Karlos. Los coleccionistas suelen desaparecer en los lugares donde otros apenas miran: ferias, galerías, puestos pequeños donde los objetos parecen esperar a alguien que sepa reconocerlos.
La última vez que lo encontré fue en la feria Grau, en Lima. Cuando llegué parecía contento de verme, aunque pensándolo bien, Karlos siempre es así: efusivo con lo inmediato, con lo que tiene delante en ese momento. Había subido un poco de peso y estaba rodeado de algunos amigos. Fue allí donde conocí mejor el mundo de los coleccionables, me explicaban con emoción el valor de algunas piezas, la rareza de otras, las historias que cada objeto trae consigo. En medio de esa conversación, Karlos mencionó algo que hasta ahora recuerdo.
—Lo primero que vas a aprender, Jóse —me dijo— es que aquí no todo es coleccionable.
Karlos siempre pronuncia mi nombre de una manera curiosa, colocando la tilde en la ó: Jóse. Como si al decirlo lo estuviera acomodando también dentro de su orden del mundo.
Se quedó mirando una caja llena de objetos pequeños, como si estuviera revisando una frontera invisible o buscando el adjetivo adecuado
—Por ejemplo los taps. Hay gente que cree que los taps son coleccionables… pero son basura Jóse. Lo dijo con una seguridad y pasión desbordante. No era desprecio, era otra cosa. Era oficio. Cuando alguien que ha pasado años mirando objetos aprende a distinguir lo que tiene valor de lo que simplemente no lo tiene, solo ocupa un espacio. Pensé que esa pequeña frase explicaba más de lo que parecía. Algo parecido ocurre también en otros oficios. En la antropología, por ejemplo, constantemente se están trazando fronteras: qué es tradición, qué es demasiado vanguardista, qué pertenece al campo y qué no. Esa tensión, lejos de ser un problema, mantiene vivo el oficio.
En antropología se ha insistido muchas veces en algo parecido: que comprender un mundo social pasa por observar las distinciones que las personas hacen en su vida cotidiana. No siempre aparecen en grandes discursos; a veces se revelan en gestos pequeños, actitudes minúsculas, incluso en la manera en que un coleccionista decide que algo es valioso o simplemente es intrascendente.
Karlos, sin proponérselo, me estaba enseñando exactamente eso: a distinguir. Y seguramente algún coleccionista de taps, pensará lo mismo, pero ahora le toca a Karlos.
Otra cosa que me llamó la atención de él era su manera de tomar un juguete —un coleccionable cualquiera— y empezar a contar su historia. Lo hacía con tal cantidad de detalles que a veces me costaba creerle. Hablaba de la fábrica, del año, de la serie, de las variaciones que tuvo con el tiempo, en la imagen me contó a qué se debían ciertas imperfecciones, el detalle de los colores, que la ese era lo logo original de Superman, lo decía con tanta seguridad y elocuencia que uno terminaba preguntándose si realmente era posible saber tanto sobre la vida, lo dije bien – la vida de un objeto-.
Entonces pensaba cuánto tiempo habría pasado leyendo sobre todo eso. Porque detrás de ese entusiasmo también había algo evidente: lectura, memoria, dedicación. Una forma particular de conocimiento. Quizá era lo que Pierre Bourdieu llamaría un habitus: una forma de conocimiento que se forma lentamente dentro de un oficio, entre lecturas, discusiones y años de experiencia.
A veces también pensaba que el coleccionismo tiene algo de esas obsesiones tan antropológicas por clasificar el mundo que tanto fascinaban a Jorge Luis Borges: decidir qué pertenece y a donde, Karlos y los coleccionistas estaban creando un mundo Borgiano, decidían que quedaba dentro y que fuera de ella.
Había, sin embargo, uno entre ellos que insinuó —con cierta elegancia— que quizá la información también tiene un precio. Sonreí, uno aprende con el tiempo a reconocer esos momentos como gajes del oficio.
La conversación siguió un rato más, pero algo cambió después de ese comentario. Tal vez fue solo una impresión mía. A veces pienso que aquel amigo le insinuó a Karlos que debía cobrar por contar su historia, y que eso lo desanimó un poco. No volví a ver a Karlos, pero nos escribimos, y el mensaje es el mismo, Jóse ahorita te cuento de como inicie en los coleccionables, allá, por 1987.
En fin. También esos son gajes del oficio.

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