No podía olvidarla, a pesar que luchaba por hacerlo; me levantaba en la mañana y miraba sobre el ropero aquella caja de zapatos que contenía todas sus cartas de amor, me acostaba en la noche, y lo último que miraba, era la caja de zapatos, no tenía el valor de botarlas o guardarlas donde no pudiera verlas, me parecía tonto, igualmente la recordaría, pensaba.
Un primero de enero, no dormí, estaba tomando con el más drogadicto compañero universitario, eran las seis de la mañana, ya cansados de tomar en el parque que estaba frente a mi habitación, el más drogadicto compañero saco de su bolsillo dos ‘mamaratas’ inmensas, odio reventar cuetes, sin embargo, no dude, le dije que esperara, fui a mi habitación, tomé la caja de sus cartas y salí, le dije que introduzca sus dos ‘mamaratas’ en la caja, el procedió, la caja a los pocos segundos reventó, haciendo añicos los recuerdos guardados por tantos años, destruyendo parte de mi vida, ya no podía hacer nada, hasta hoy la recuerdo.

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